La historia de las ‘superabuelas’ que consiguieron salvar su casa de la quiebra

En 2002, Inma tomó una decisión que le cambió la vida. Renunció a una vivienda que reformó de pies a cabeza durante meses a cambio de la promesa de una jubilación digna. No fue la única. Loli, José, Félix, Ana, Cristina, Carlos, Curra, Pepita y varios mayores más, muchos de ellos amigos, invirtieron todos sus ahorros en una cooperativa que les ofrecía envejecer juntos en su propia casa y no en una residencia tradicional. Algunos incluso vendieron su hogar familiar para formar parte de un proyecto que les ilusionó y les embarcó en una aventura mucho más compleja -y satisfactoria- de lo que podían imaginar. Ésta es su historia.

Hace casi 14 años, el Residencial Puerto de la Luz daba sus primeros pasos. La cooperativa necesitaba socios para convertirse en realidad y logró el respaldo de dos docenas de mayores de 50 años bajo la promesa de que por 90.000 euros conseguirían un apartamento y un sinfín de comodidades similares a las de una residencia habitual.

Sin embargo, con el paso de los años, su ilusión se topó con una mala gestión. Se dieron cuenta de que los planes de los gestores no coincidían con su forma de entender el proyecto, así que decidieron hacerse cargo ellos mismos del futuro del residencial justo al acabar las obras.

Cuando tomaron las riendas, en 2010, Puerto de la Luz tenía las paredes y pocos detalles más. No había ni un solo mueble y las instalaciones necesitaban muchas horas de limpieza, dedicación y organización.

“Era un proyecto maravilloso y no tenía ningún sentido que se paralizara, así que decidimos empezar a funcionar”, nos cuenta Inma, actual presidenta de la cooperativa. Se deshicieron de todos los restos de las obras, trajeron muebles de sus casas y miraron hasta la última tienda para comprar el mobiliario que necesitaban para vivir.

Habían superado un obstáculo importante, pero ignoraban que se les avecinaba un problema mayor. Tras la salida del antiguo equipo gestor, varios socios se dieron de baja y la cooperativa, que no tenía liquidez, tuvo que responder con la propia promoción. Entraron en concurso de acreedores.

Entre los cooperativistas hay maestros de escuela, profesores de universidad, contables, amas de casa, secretarias, ingenieros, médicos y hasta un capitán de barco. A todos ellos el proceso concursal les quedaba grande, así que tuvieron que buscar la ayuda de familiares, allegados y abogados profesionales para digerir qué estaba pasando y entender qué podían hacer para sobrevivir a un problema de tal envergadura. Tuvieron que aportar más dinero, aprender a negociar y hacerse cargo de muchas de las tareas necesarias para que esta fórmula de ‘cohousing’ para mayores pudiera salir adelante. Algo que han terminado consiguiendo.

Con un proyecto solvente bajo el brazo, mucho tesón y un poco de suerte, tanto la justicia como la banca han confiado en la cooperativa, que recientemente ha salido de la quiebra con un crédito a 20 años con dos de carencia. “Fue muy duro, pero también fue una satisfacción muy grande cuando se aprobó el convenio y pudimos salir de esto”, recalca Inma.

Una historia con final feliz

Esta historia tan difícil ha tenido un final feliz y ha hecho que Residencial Puerto de la Luz no sea, ni de lejos, una residencia de mayores cualquiera. Se trata de una alternativa habitacional donde se respira energía, ganas de vivir y, sobre todo, mucha marcha. Situada a las afueras de Málaga, esta promoción mezcla las ventajas de la vida independiente con las comodidades de una residencia tradicional.

Sus habitaciones son en realidad apartamentos de 50 m2 equipados con dormitorio, cocina, baño, salón, trastero y una terraza de 12 m2 con vistas al exterior, aunque a este espacio individual se le suman todas las instalaciones comunes: el comedor, el gimnasio, el jardín con piscina, la cafetería, la sala de cine, la peluquería, la biblioteca, la sala de pintura y manualidades y hasta una capilla y una consulta para el médico.

En este residencial tan poco corriente todos tienen su función. Félix, por ejemplo, es a la vez el contable y el profesor de gimnasia, mientras que Curra y Ana son las que imparten las clases de pintura y Loli, una de las encargadas de mantener cuidado el jardín. “Lo importante es que tiremos todos hacia el mismo lado. Hay que aunar fuerzas y hacer lo posible por avanzar. Ése es el espíritu de la cooperativa”, nos cuenta Curra entre pinceladas.

Cada uno de los 30 socios aporta su granito de arena y, cuando entre todos no llegan a más, contratan a personal especializado para que realice las tareas. Tienen, por ejemplo, su propio cocinero y dos ayudantes, una peluquera que se desplaza al residencial cada martes y varios servicios integrales, como el de limpieza y mantenimiento.

A pesar de estas ayudas, lo cierto es que los cooperativistas tienen una agenda diaria de lo más apretado. “Tenemos clases de castañuelas, de meditación, de memoria, de pintura, de patchwork y de gimnasia. También nos reunimos para ver películas y charlar y quedamos para ir a Málaga a cenar o salir de compras, pero lo bueno es que todas estas actividades son libres. Si alguien no quiere hacerlas o no quiere salir de su casa, no está obligado a hacerlo, pero sabe que si necesita estar acompañado puede estarlo. Nos tenemos los unos a los otros”, aclara la presidenta de la cooperativa.

Los propietarios son conscientes de que tienen que arrimar el hombro hasta que todos los apartamentos de la promoción se vendan. De momento, están deshabitados 30 de los 60 que forman el residencial. “Estamos buscando a un socio-inversor que se haga cargo de estas viviendas o a mayores de 50 años que quieran una, ya sea en régimen de alquiler, como residencia habitual o para las vacaciones. El precio de los apartamentos es 90.000 euros, son todos iguales, se heredan y los servicios se irán profesionalizando a medida que seamos más socios para que no tengamos que hacer tantas cosas nosotros”, añade.

Los cooperativistas reconocen que todas las personas que visitan Puerto de la Luz sienten una energía especial. “No sé qué será… Imagino que serán los problemas que hemos sufrido, que nos han hecho más fuertes”, concluye.

Fuente: Idealista

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